Accidente

Autor: Antonio Enríquez

Cuando me mandaron a llamar a mi salón, nunca me imaginé que era para eso.

Juntito del salón de música, al lado de las escaleras, se oían chillidos. Al principio iba caminando despacito, sin prisa, pero cuando empecé a escuchar que eran muy intensos, la preocupación me embargó y empecé a correr. Cuando llegué, lo primero que me llegó fue el olor a sangre, e inmediatamente después lo vi. Esteban, de quinto, estaba tirado, todo retorcido, en el descanso de las escaleras del edificio de quintos y sextos. Se podía ver un charco de sangre debajo de su cabeza. Apenas podía verla desde donde estaba boca arriba, como acostado y mirando al techo. Junto a él estaba Juan, de su mismo salón, de rodillas y llorando desesperadamente con sangre en sus manos. No eran mis niños, pero los había visto en el recreo hace no mucho rato, habrá sido unos quince minutos y todo estaba bien allí. El señor Rodríguez, el conserje, quien me fue a buscar a mi salón, sostenía la cabeza de Juan en sus manos y me hizo ademán para que me acercara.

-Venga, maestra, rápido –dijo tratando de hacerse oír entre los lloriqueos del pobre niño.

Cuando bajé hasta el descanso pude ver bien a Esteban. Su suéter estaba arrugado y lleno de polvo y sus manos llenas de moretones. De su nuca salía el charco sangre, estaba inflamada e impregnaba todas las escaleras del olor. Sus ojos estaban abiertos y completamente inexpresivos. Su boca estaba ligeramente abierta, hasta parecía que me iba a decir algo… Esteban siempre había sido un niño un poco recluido, según tenía entendido. Era de esos que se iban a su casa justo cuando sonaba la chicharra y no se quedaba a platicar o a correr en el patio como los demás. En el recreo solía verlo solo, pero a veces Juan y otros niños se juntaban con él y se lo llevaban atrás del edificio de quintos y sextos. Frecuentemente venía a la escuela con moretones. Era un tema preocupante en las juntas de la sala de maestros, pero su maestra nos decía que no quería de ello. Dejamos el tema por terminado. Ahora estaba aquí, tirado y formando un charco de sangre cuando apenas iba en su quinto año de primaria. Mis piernas temblaron un poquito y empecé a sentir náuseas. Decidí mirar para otro lado, este no era un buen momento para eso.

-Órale, chamaco, dile a la maestra qué pasó –el conserje Rodríguez sacudió al niño, todavía gimiendo y moqueando. Temblaba.

-Yo… Yo… Yo…

Juan tartamudeaba y temblaba aún más intensamente, no creía que el niño me iba a decir nada en su estado. Tomé una bocanada de aire y me preparé, iba a ser una tarde muy larga.

-Señor Rodríguez, ¿usted sabe qué pasó?

-Estaba yo en mi almacén aquí abajito, cuando escuché un semejante trancazo, así que subí corriendo y cuando llegué este niño ya estaba en el piso y este chamaco de acá ya estaba a su lado moviéndole y gritando no sé qué cosa. Ándale niño, dinos qué pasó –zarandeó al niño para sacarle una respuesta.

No ayudó en nada, Juan siguió gimoteando y tratando de hablar, pero lo único que le salían eran mocos y palabras incomprensibles. Me acerqué a él y traté de hablarle en un tono suave y reconfortante:

-Tranquilo, mijo, puedes decirme qué pasó. Respira, vamos.

Juan trato de calmarse, respiró hondo varias veces y entre hipos y sollozos me contó lo que había pasado.

Juan estaba regresando tarde a su salón después del recreo y estaba subiendo las escaleras cuando vio a Esteban salir de su salón. Juan se escondió en la pared, y cuando Esteban pasó corriendo le puso el pie. “Fue una broma”, “Lo hice sin querer”. Juan sollozó aún más cuando llegó a esa parte. Esteban se tropezó y se cayó por las escaleras y se pegó en la nuca con el piso. Después de contarme hasta ahí, no puedo decirme más y solo se dedicó a llorar. El conserje le tomó la cabeza e hizo que diera cara a la parte de debajo de las escaleras para que no se oyera tan fuerte.

Juan siempre había sido un niño problema. Habíamos tenido un montón de quejas de otros niños que decían que les pegaba o les quitaba las cosas. Por más que su maestra lo regañara, él no hacía caso y al poco rato ya había hecho otra travesura. No le importaba quedarse castigado en las tardes ni que lo mandáramos al rincón a estar solo Ya antes habíamos intentado contactar a sus padres, pero aparentemente trabajaban todo el día y no tenían tiempo para ir a recibir quejas de su hijo. La única que lo cuidaba en su casa era una nana vieja que no le decía nada y solo cuidaba que no le diera hambre. Supongo que también molestaba a Esteban.

-No fue… mi intención…

El niño sollozaba y susurraba “Era broma” y “No fue mi intención” de vez en cuando.

Me paré y vi a Esteban ahí tirado una vez más. Qué lástima, y todo por una simple broma…

 

-Señor Rodríguez, le pido de favor que cubra al pobre niño y lo ponga en su almacén. Yo me llevo a este a la dirección para hablarle a una ambulancia.

-Cómo no, maestra.

El señor Rodríguez se acercó a Esteban, mientras yo tomé la mano temblorosa de Juan y me lo llevé a través del patio hasta la dirección.

El director Martínez estaba caminando hacia las escaleras.

-Ya iba para allá, ¿este es el niño que lloraba?

En voz baja le dije que ahorita le explicaba y caminamos rápido a la dirección mientras llevaba al niño de la mano. Senté a Juan en un silloncito y después le expliqué al director lo que había pasado con Esteban,

-Madre Santísima –se persignó tres veces. –Karla, háblale a una ambulancia y a la policía, ahorita mismo, por favor.

La secretaria Karla, pálida, levantó el teléfono de su escritorio y empezó a marcar. El director tomó su pañuelo de su saco y se secó el sudor de la frente.

-Ahora ¿qué vamos a hacer con el chamaco? Siempre fue un revoltoso, pero nunca pensé que llegaría a tal cosa.

Volteamos hacia Juan. Seguía temblando y llorando. Su cara estaba contraída y su nariz roja.

Me acerqué a él y me puse en cuclillas para sostener su mano y mirarlo a los ojos.

-No fue mi culpa, fue su culpa por andar corriendo y no fijarse –dijo; al parecer había entrado a una nueva fase del shock- No fue mi culpa…

Volteé para ver al director y vi cómo se acercaba con una clara intención de gritarle algo al niño, pero le hice una seña para que guardara silencio.

-¿Ya estás más tranquilo? –le pregunté

-Creo que hasta se lo merecía. Se merecía caer para que se rompiera toda la cara. Pero yo no fui, no tuve la culpa, el estúpido corrió y se tropezó porque se lo merecía.

La cara del niño había cambiado. Su nariz seguía claramente congestionada y aún estaba temblando ligeramente, pero ya no gimoteaba ni lloriqueaba. Ahora solo fruncía el ceño. Enojado, empezaba a hablar mucho más.

-Se cayó por presumido, pensaba que no necesitaba a nadie más. Ni lo levanten, todos deberían verlo ahí tiradote y sin moverse, eso es lo que se merecía. Se cayó solo, yo no lo tiré…

Solté su mano y me levanté. Miré al director a los ojos y vi que su mirada estaba llena de enojo. De no haberlo sacado de la dirección jalándolo por los brazos, estaba segura de que no solo le hubiera gritado.

Afuera de la dirección ya podía oír las sirenas de la ambulancia y la policía. También podía ver a muchos niños en las puertas de sus salones tratando de salir para ver qué pasaba. Sus maestros estaban en las puertas, tratando de hacer que se calmaran y regresaran a sus bancas, pero muchos de ellos gritaban y había bastantes otros que estaban llorando, solo por la confusión.

Me entraron unas ganas enormes de llorar. Juan no solo seguía en shock, sino que ahora pensaba que Esteban se merecía haber muerto. Las ganas de llorar dieron paso a un terrible enojo. Fue buena idea que cuando salimos de la dirección, le pedí a la secretaria que dejara al niño solo y cerré la puerta. No habría podido controlarme si pudiera haberlo visto ahí sentado, hablándose a sí mismo. Atravesamos apresuradamente el patio hasta la entrada de la escuela para abrir las puertas para cuando llegara la policía y la ambulancia.  El señor Rodríguez ya nos estaba esperando. Nos dijo que había tapado al niño con una manta blanca y le había dicho a los profesores que no dejaran salir a los niños. Le agradecí y abrimos la puerta en silencio.

La policía y la ambulancia no tardaron en llegar. El señor Rodríguez les hizo señas a los paramédicos y se los llevó a su almacén corriendo, mientras que los oficiales de la policía vinieron a hablar con nosotros.

-Bueno, señorita, ¿qué pasó aquí?

Pensé en el niño en la dirección. En cómo había molestado a Esteban por mucho tiempo, en cómo decía que se lo merecía, en su cara de enojo. Después pensé en el pobre de Esteban, que ni si quiera le dio tiempo darse cuenta que se iba a morir. En como sus padres iban a sufrir mientras el otro iba a decirles en la cara que se lo merecía. Se me llenó el cuerpo de furia, así que lo dije sin pensarlo dos veces.

-El niño Juan Artemio empujó a otro niño por las escaleras a propósito. El niño se cayó y murió. El director me miró pálido. No dijo nada.

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