Arturo Pérez-Reverte. 67 tacos de calendario. Mi retrospectiva

Fotografías de mi archivo personal. Con Arturo Pérez-Reverte en noviembre de 2012 y en la pasada Feria del Libro en Madrid.

Arturo Pérez-Reverte está hoy de cumpleaños. Son 67 tacos de calendario, como diría él. Y es uno de mis autores favoritos. Tan denostado como admirado, Pérez-Reverte no deja indiferente a nadie. Yo me quedo con su estilo y, en particular, con su faceta de articulista más que con la de escritor. Pero mi admiración es sobre todo por su persona y su vida y visión del mundo, tan lúcida como mordaz y descarnada, clara y contundente. Esta es mi retrospectiva a su figura y obra. 

Perros y balas

La última vez que saludé a Pérez-Reverte fue en la pasada Feria del Libro de Madrid, donde tuve la osadía de regalarle mi novela y compartir mis inquietudes y nervios ante mi estreno como firmante unos días después. Sus palabras de ánimo y acogida en el proceloso mundo de la literatura se quedarán ya en mi memoria como un tesoro. Igual que esa prueba gráfica del momento ahí arriba.

Quise que me firmara Los perros duros no bailan, que había terminado hacía poco y me había entusiasmo. Claro que a mí me pierden las historias con perros, los perros en sí, vamos. Lo hizo antes también su recopilación de artículos sobre canes, Perros e hijos de perra. Pero el Negro, sus amigos y su historia se quedaron ya del todo con mi corazón.

En esa última espera me dio tiempo de sobra a echar la vista atrás. Irme a aquellos telediarios de mitad de mis veinte años cuando otro corazón, el del centro de Europa, se desangraba en una guerra atroz que veíamos en directo todos los días.

Y lo que más asocio siempre a aquellos momentos de estupor, tanto por el horror como por la indiferencia de todos los que ni pudieron ni quisieron pararlo, fueron las crónicas de Arturo Pérez-Reverte. Desde aquel frente, micrófono en mano, mirando a la cámara y a voz en cuello con su particular tono y sus gafas, estoico, profesional y sobre todo valiente como ese cámara, narraba ese horror mientras oíamos el silbido de las balas cruzándose por detrás.

El hombre valiente

Poco tiempo después llegó don Diego Alatriste. Y yo, que siempre he sido de Athos, de Edmundo Dantés en todas sus formas, del señor Rochester y Heathcliff, de Jean Valjean y Javert y, en fin, de cualquier antihéroe, caí rendida a sus pies ya para los restos. Y al saber hacer y escribir de su creador. Para los restos. También caí con él en Rocroi y lo sigo echando de menos, aunque ya haya alcanzado la eternidad en su vida de papel.

Húsares, reinas, cartas, curas, tablas, comanches y piratas

Y esa jodía e hilarante Pavía de Paquito y Carlitos, unos intensos ojos azules, el Trafalgar del malhadado Nelson, tantos días de cólera por un Madrid sin alma, mi fascinación por Coy o ese capitán Lobo. Han sido también algunos hombres buenos, pero pocos. Y cuadros de batallas bañadas de recuerdos sangrientos y de venganza.

Han sido francotiradores y grafiteros, y pobres diablos españoles perdidos en una Rusia helada a la sombra de un águila. De allá para acá. Por tierra, mar y aire. Por tiempos pretéritos y presentes, aunque yo me quedo con los de ayer. Con esas recreaciones no tan sumamente documentadas o elaboradas, sino contadas con ese estilo particular.

Me quedo también con esa reina del Sur, con su furia y su coraje, y con Tánger Soto, con su misterio y sus definiciones, con sus eternas personificaciones de todo lo que puede ser, inspirar, provocar y producir una mujer. En definitiva, con cómo nos puede narrar un hombre.

También soy corsaria

O sobre todo. Porque también atesoro esas patentes de corso, he sido honrada mercenaria, también he intentado cogerlo vivo y desde luego muchas veces he tenido ánimo de ofender. Pero en especial, he querido partir en cada una de las travesías de esos barcos perdidos en tierra o en tormentas de océanos sin fin. Quizás porque soy de tierra adentro, pero comparto con el señor Reverte un amor profundo por el mar. Y soy y seré siempre también de la cofradía de Jack Aubrey, artículo que tengo dedicado amablemente también.

Sí, me quedo con esas mil historias de sus vivencias, sus momentos, sus recuerdos, sus personajes, esos tan humanos que no parecen posibles. Me quedo con esos lunes por la mañana en que leo su artículo del domingo y siempre se me entona ese día infame. Con emoción, con agarrotamiento de músculos o de corazón, con ironía o con lamento por la última vileza o despropósito, la última muestra de ignorancia o incomprensión. Esos lunes son menos lunes después de su artículo semanal. Las novelas son otra cosa y otros mundos. Y que no le hagan más películas, por favor.

Menos espías, más ladridos

Porque no me va ese último Falcó. Y así se lo hice saber en otra de esas osadías que ya te van dando los años. «Hombre -me dijo él-, de veintitantos libros que llevo no te pueden gustar todos…». Pues sí. Es verdad. Y Falcó, aunque leído por, repito, ese estilo que me apasiona, no ha terminado de convencerme. Veremos si lo hace ese sabotaje, pero ya lo dudo. Cuando un personaje no te ha dado ese fogonazo que todos conocemos, ya es más que difícil.

Mi respuesta fue un «siga con más ladridos, por favor», con más Negro, más perrillos locuaces y políticamente incorrectos. O recupere a don Diego. Pero bueno, da igual, en cualquier caso siga escribiendo. De unos, de otros, de aquí, de nosotros, de lo que le dé la gana, en fin, que para eso puede, sabe y lo dejan.

Así que…

que sean otros cuantos tacos de calendario, señor Reverte. Y que yo los siga viendo. Con polémicas, sin ellas, con travesías y viajes, con héroes o villanos, que todos lo somos un poco. Con lo que sea. Pero que se los vea. O, mejor, se los siga leyendo.

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