El cerezo tenía razón

Cristina Ruiz. Ganadora del Concurso Sueños, I Concurso de formato libre Ojos Verdes Ediciones.

Creyendo encontrarme en la tranquilidad de la noche, comencé mi viaje aferrada a mi lado predilecto de la cama. La puerta de salida de la estación consistía en unos pobres y rosados hierbajos que tuve que apartar mientras me cosquilleaban el cuello. Ya entonces sospeché que no sería un viaje más.

Una senda de algodón me esperaba. Impaciente y serena, a cada paso sentía un crujir quedándose detrás. Algo se rompía con cada movimiento, y el consecutivo crujía con menor sonoridad.

Sentí de pronto una brisa moderada intentando acompañarme, aunque yo no necesitaba aliento. Comenzó a desplegarse ante mis ojos una aldea con acogedoras casas en tonos ocre, con cada una de sus puertas arrancadas. En el hueco de una de ellas, al lado de un manojo de astillas, un hombre me dedicó una sonrisa torcida que me hizo sentir bienvenida. Tras horas caminando por aquel tierno paraje que parecía no terminar, el paisaje cambió apenas sin miramientos.

Noté un frío discreto. Inmediatamente miré hacia abajo, donde descubrí un tímido río abrazando mis pies. Esas viejas botas comenzaban a pesarme, así que decidí abandonarlas allí. Un pez saludó con alegría a una de ellas. Mientras caminaba entre esas aguas, la brisa continuaba acariciándome los brazos. Pude observar infinidad de objetos entre ellas: un tren de juguete, una pelota algo aburrida… incluso creí ver una página azul brillante de un libro de poemas con la impresión intacta. Un corro de niños había escogido el mismo destino, y chapoteaba a mi lado sin percatarse de mi presencia.

Ese frío reconfortante fruto del río comenzó a disminuir, y en el mismo instante en el que fui consciente de ello, se secó. La siguiente parada que me recibía era un simple y denso campo.

Aquella ruta parecía proporcionarme lo que necesitaba a cada momento sin precisar que mi voluntad trabajase por ello. Era, sin duda, el viaje más acertado de mi vida. No sé cuánto tiempo pasé dormida entre aquel apacible verde.

Ya con energía, me dispuse a disfrutar de ese campo que pedía a gritos ser descubierto. Rodé y carcajeé. Me empapé de sus olores, y en el tramo más tranquilo pude encariñarme con un viejo cerezo que me habló con sabiduría. Se trataba de la parada más larga de mi ruta.

El atardecer se presentó necesario, pero trajo consigo una reflexividad hasta entonces desconocida en mi viaje. Había disfrutado de la aldea color ocre, del río tranquilo y los objetos que atesoraba, del campo y los útiles consejos del cerezo. Me había sentido curiosa, tranquila, extasiada, plena, pero el atardecer ya estaba ahí. No quería terminar el viaje, y tenía miedo de que los siguientes tramos no fueran igual de complacientes.

El paisaje acompañó a mis pensamientos y de pronto avisté una gran explanada de tierra húmeda muy oscura con cientos de ramas rotas sobre ella. Abrí los ojos. El hombre de la sonrisa torcida era él, y también descansaba en la habitación. Recordé que ya apenas sonreía.

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