El exterminador

Autor:    Jairo Sebastián Zanetti

Claris, mi bella amada, te recuerdo como si todo hubiera sucedido ayer. Han pasado largos meses, aunque ya el tiempo no cuenta como antes. Nada es lo mismo ahora. Nada en absoluto.
Todo suscitó durante aquella noche que caminábamos juntos. Nunca debía invitarte a aquella salida. Pero tenía que hacerlo. Estaba enamorado de ti y te prometería matrimonio. Entonces tuvimos que sentarnos allí, justo allí. A la orilla de la playa, para que las olas nos besaran los pies con su espuma y la luna nos contara entre tantos soñadores. Y para que él apareciera. Ese desgraciado. Desafortunadamente nos tomó por sorpresa. Pero hubiera resultado inútil oponerse. Ningún mortal podría con sus fuerzas. Vaya a saber de dónde había salido. No hubo tiempo a nada. Te amarró con sus brazos. No pude moverme siquiera. Su mirada era tan poderosa. Entonces me mordió en el cuello y me desvanecí. Me desperté cuando el sol ya quebraba la noche. Para mi sorpresa, lo que era de mis piernas, donde daban con intensidad los rayos del astro, se habían derretido, pero la sombra del puerto que cubría la mitad de mi cuerpo me mantenía inmune. Me tuve que arrastrar. El ardor era espantoso expuesto al sol. Una vez en la sombra, recuperé misteriosamente mis miembros. Estaba intacto nuevamente. Cuánto sufrí antes de ello. Entendí que Claris ya no estaba conmigo. Supe que se la había llevado. Y con ella había arrebatado mi vida entera. Ahora podía moverme muy rápido. Así fue como volví a casa. Escabullándome de la claridad del día que me resultaba insoportable. Cuando llegué me mantuve en la oscuridad. No sabía exactamente que me sucedía. Pero algo había cambiado y era inevitable. En el transcurso de las horas comencé a tener una profunda necesidad biológica. Tenía sed, sed, si, pero de sangre. Podría devorarme todo el vecindario con tamaña necesidad. Por más que me amarraba para no dañar a nadie, una fuerza sobrehumana me desataba. El espejo no mentía ni los colmillos tampoco. Ya no era Yimi.
Trate de no agredir a ningún humano. Para ello me vi obligado a absorber la sangre de animales. El primero en padecer mi sed fue mi perro y así sucesivamente fui por todas las mascotas del barrio. El hecho de que desaparecieran silenciosamente llamaba la atención de mis vecinos, quienes nunca llegaron a dilucidar absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo. Hasta que con el tiempo conocí las salas del hospital Miller, donde se resguardaban litros y litros para transfusiones. De esa manera no era necesario atacar a nadie. Así me mantuve estos meses.
Me miro al espejo cada día que pasa, tratando de negar lo que me ocurre. He buscado todo sobre vampiros en la biblioteca de Nojayo. Es innegable. Soy uno de esos detestables. Desde que lo supe me he abocado a crear un arma para acabarlos. He construido una cruz de oro con gran filo en una de sus puntas, la cual me servirá de estaca. Ahora ya no soy el que entonces fui, ahora soy: “El exterminador de vampiros.”
Claris, mi amada y preciosa Claris, te hecho tanto de menos, desde que ese pálido sujeto te robó de mis brazos, no he hecho otra cosa que pensar en ti. He recorrido todos los lugares tratando de dar con tu paradero. Pero no encontré tan siquiera una sola huella que me conduzca a ti, hasta hoy por la mañana. Lo que menos debe imaginarse es que lo he estado rastreando; aunque la avenida Reysin estaba tan atiborrada de gente, podría reconocerlo así fuera una aguja en un pajar. Lo he seguido desapercibido por debajo de las alcantarillas, ayudado por la agudeza sensitiva que ahora tengo, y sé muy bien a donde para. Ya estoy de camino. Me he vestido especial para la ocasión. Llevo un tapado negro que llega hasta las puntas de mis piernas, el cual simula mis alas negras. Además una oscura galera en la cabeza, que hace de sombra sobre mi rostro frío y blanquecino. Colgada a mis espaldas, como una espada, llevo la cruz de oro.
Aprovechando que una de las ventanas estaba entreabierta entré por allí. Toda la decoración del lugar es fúnebre. Por lo cual ni un solo milímetro de luz podría colorarse a la casa. Parece que todos duermen y están arriba. Abajo sólo habita el polvo, telarañas y el silencio. Me muevo como si fuera un fantasma para que nadie me advierta. Abriré la única puerta que veo. ¡Santo Dios!. Hay unos diez sarcófagos. Debo moverme ágilmente. Claris, mi Claris. Está atada al techo y no veo que tenga signos vitales. He sacado la cruz que guardo por detrás de mi espalda y estoy palpando los féretros con mis manos. Si, es justo aquí. Sus corazones, los oigo muy bien. ¡Agg…mueran malditos, púdranse…aggg.
He acabado con los diez clavando la cruz sobre sus pechos. Ahora desataré a Claris y veré como se encuentra.
-Ya estás entre mis brazos mi amor.
Ella está inconciente. No la han infectado pero tiene una herida demasiado profunda sobre su pecho. Ha perdido mucha sangre. Está despertando:
– Oh, tesoro ¿abres tus ojos para mí?
– Mi Yimi. Te amo. Estoy viendo una luz tan grande- me balbuceo con su último aliento.
– Espero que un día me perdones. Pero no dejaré que te mueras.
He corrido su cabello con mis manos y la mordí en el cuello. Ya la mordí, era la única forma de que se quede conmigo. ¿Que es esa sombra?
– Pero miren lo que tenemos aquí. Pero si es el buen perdedor de Yimi.
Es él. El sujeto pálido de la playa.
– No, que haces con la estaca. ¡A ella no. Dios, Claris. Por favor. Noooo!
-Jaajajaja. Pero que deliciosa sangre fresca.
– Que has hecho. ¡Muere insolente desgraciado!
Ah, ya se acabó. Ésta pesadilla se terminó para siempre. Aaag, yo tampoco tardaré en morir, también le ha dado a mi corazón, pero al menos me permitiré abrazarte por última vez en esta vida mi Claris, mi bella y dulce aahgg.
Hoy por la madrugada trece cadáveres fueron encontrados por la policía en una casa de la ciudad. Diez de ellos estaban en el interior de unos sarcófagos que se apoyaban en las paredes. Mientras un hombre extremadamente pálido, ojos rojos y cabellera negra, estaba desparramado sobre el suelo. Los otros dos estaban enredados en un abrazo. Parecieran haber muerto enamorados. Lo increíble de todo esto son las estacas que se han hallado sobre el pecho de los últimos nombrados y los presuntos colmillos en la boca de las víctimas. Estamos a las claras de un extraño caso que ha sucedido en nuestra ciudad. Informó para ustedes  la periodista Mirian Bancen.

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