El saco negro

Segundo premio del concurso Cartas que nunca escribiste (2015)

Autor: Alfredo Moreno Vozmediano

Hola, abuelo.

¿Cómo estás? Aquí han pasado muchos años pero aún lo recuerdo todo. Recuerdo, por ejemplo, tu risa escandalosa cuando contabas aquellos chistes de pedos a la hora de comer, y la abuela te daba un pescozón en el cogote y tú fingías que te había hecho daño y luego me guiñabas un ojo. O cuánto te gustaba llevarme a pasear por el bosque y cómo inventabas historias de árboles parlantes y héroes misteriosos con tu voz pausada y ronca.

Recuerdo muy bien que siempre sabías qué decir, y también que a veces es mejor no decir nada, como el día que murió mi perro Nemo y la gente me decía que pronto se me pasaría el disgusto, pero tú te sentaste a mi lado, me pasaste el brazo sobre los hombros y guardaste silencio mientras yo lloraba.

Recuerdo que intenté muchas veces imaginar cómo debieron ser los años que transcurrieron desde que eras niño hasta que te convertiste en anciano. Pensaba que todo ese tiempo era como un gran saco negro lleno de cosas, unas buenas y otras malas, que solo tú conocías y que se perderían para siempre el día que ya no estuvieras a menos que alguien se encargase antes de sacarlas.

Y recuerdo el final, cuando ya no tenías fuerzas para jugar con nosotros ni para pasear por el bosque, y a veces te sentabas junto a la abuela en el sofá y te acurrucabas como si fueras un pajarillo y se te cerraban los ojos poco a poco.

Recuerdo que tú parecías estar muy tranquilo, pero yo no quería que te marcharas sin haber sacado todas las cosas que guardabas en tu saco negro. Por eso, cuando estabas despierto, me acercaba muy despacio a ti y te decía abuelo, cuéntame alguna historia de cuando eras joven. Y tú me pasabas la mano sobre los hombros, como aquella vez que se había muerto mi perro, aunque ahora tu mano era tan ligera que se posaba en mi hombro como una mariposa, y me empezabas a contar, y tu voz era cada vez más débil hasta que tus ojos se cerraban de nuevo.

Entonces yo cogía mi libreta y empezaba a escribir como un loco todo lo que me habías contado y las palabras salían de la punta de mis dedos a borbotones y se me humedecían los ojos sin querer. A mí me parecía que todo lo que ibas sacando de tu saco era muy importante y que no se debía perder en el agujero del tiempo cuando tú ya no estuvieras, pero tú me lo contabas con tu media sonrisa de siempre, sin darle ninguna importancia, como cuando contabas aquellos chistes de pedos a la hora de comer.

Lo recuerdo todo porque aún conservo aquella libreta aquí, sobre la mesa, mientras escribo esto y yo mismo empiezo a notar que mi saco negro pesa demasiado.

Nos vemos un día de estos, abuelo.

Un abrazo.

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