El sepultador

Autor: Jairo Sebastián Zanetti
Al entrar la media noche será nuevamente el día de los muertos. Será una larga noche de cacería. Nos hemos visto obligados a ocultar la información a los habitantes del poblado para que lo ocurrido, hace aproximadamente un año, no generara ninguna situación de pánico y, esto a su vez se hiciera masivo. Pero la verdad es confidencial y se encuentra con lujo de detalles en los archivos secretos de la jefatura.
Todo sucedió durante la fecha antes citada, es decir, el día de los muertos.
Era de noche cuando el teléfono comenzó a sonar insistentemente, entonces atendí:
Ring…ring…ring…
—Jefatura de policía, diga, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Por favor, auxilio, se lo suplico. ¡Ayúdenme! ¡Socorro! —del otro lado un hombre estaba exaltado.
—¿Pero qué le ocurre? Trate de respirar y tranquilizarse —le pregunté, mientras trataba de encontrar algún método que me sirviera para calmar sus nervios.
—Hay un sujeto extraño que me ha seguido durante todo el día. Está por entero vestido de color oscuro. Ahora está ahí afuera. ¡Dios mío! Se ha bajado de su auto negro. Viene hacia la puerta arrastrando un ataúd. ¡Necesito ayuda por favor! Vivo en la calle Morrison al 2266, tut…tut…tut. Entonces perdí la comunicación y supe de inmediato que algo le había sucedido. Era el único que me encontraba de guardia en la comisaría ya que era un día de acostumbrada tranquilidad. Sin dudarlo demasiado me subí a la patrulla y manejé hasta la dirección descrita en la llamada. Estaba lloviendo copiosamente y resultaba difícil ver con claridad hacia delante, más aún entre tanto descampado. De todos modos pude ver al auto fúnebre retirarse de la casa a cierta distancia. Lo que hice fue estacionar. Había cortado la luz debido a la tormenta eléctrica que azotaba el pueblo. Me bajé y encendí la linterna. El viento arremetía alborotado, tan así, que casi me movía de lugar. Cuando entré a la casa, no encontré nada, más que sangre fresca diseminada por todo el pasillo como si algo hubiera sido arrastrado. Además había una carta lacrada con cinta negra sobre el sofá. Sólo podía abrirla y lo hice. Allí leí:
“Llego la hora de morir”. Lo demás estaba en blanco y nadie firmaba. Por lo que el culpable aún era anónimo.
Sea quien sea se había marchado. Guardé el sobre en uno de los bolsillos de mi chaqueta y salí de la casa. Gracias a las alturas, la tormenta disminuía gradualmente. Busqué ya por fuera y ayudado con la luz de la linterna alguna pista que me llevara al culpable. Sólo observé confusamente, las huellas de un vehículo marcadas sobre el camino barroso que salía desde el portón de la casa de la víctima. Estaba en la obligación de seguirlas y esa fue la decisión que tomé. Me llevó gran parte de la noche perseguir al homicida, aunque finalmente casi orillando el amanecer encontré tras el final de los surcos su auto aparcado. Nada más y nada menos que delante del cementerio. La puerta trasera del auto fúnebre estaba abierta y por las marcas más que visibles, quien buscaba, había arrastrado el cajón al interior del cementerio. Así que seguí los rasguños ocasionados en el suelo como si fueran éstos senderos de hormigas. Iba entre medio de las tumbas y las cruces, iluminando mi paso con la linterna, ya que aún la noche era espesa y además había neblina. De camino me sorprendieron dos ojos abiertos, grandes como dos lunas diminutas. Aunque casi morí de un infarto, di cuenta que era una lechuza que se cobijaba entre las estatuas grises y frívolas del lugar. En aquel momento cuando casi llegaba al otro extremo lo vi de espaldas. El sujeto cubierto por completo con una túnica negra estaba lanzando tierra, servido de una pala sobre un hoyo. Es decir, estaba enterrando al muerto. Fue cuando actué:
—¡Arriba las manos o disparo!
Sólo atinó a dar la media vuelta. Tenía una capucha que le tapaba su rostro y comenzaba a caminar hacia mí.
—¡Un paso más en falso y te disparo! —le grité, sin que se atemorizara en lo más mínimo.
Entonces se levantó un metro del suelo y no dudé en dispararle a quema ropa hasta vaciar el cartucho de mi pistola. Si bien las balas perforaban su cuerpo los orificios que le causaba se cerraban instantáneamente. No era nada natural. Comencé a correr sin ver por dónde iba. Pero era inútil. Estaba por cualquier dirección que tomara. Esperó hasta que quedé exhausto y rendido. Y entonces se acercó y me levantó metros de la tierra por el cuello, lastimándome con las garras de sus manos. Puedo jurar que nunca había visto algo así. Alguien que te mire con los ojos resecos y putrefactos, tan aguda y espantosamente. Su rostro era un esqueleto agusanado e inolvidablemente tenebroso, como si llevara la impresionante figura de alguien que ha yacido innumerables años bajo tierra. No existían rasgos de piel visibles. Era monstruoso. Afortunadamente los rayos del sol que comenzaban a florecer entre las nubes dieron en lo que era su cuerpo y antes de que me tragara el reino de la muerte, caí, golpeándome con la tierra, prácticamente asfixiado. Esa extraña criatura inhumana había desaparecido entre ráfagas negras al atronador sonido de llanto y dolor desesperado de otras víctimas pasadas, que suplicaban ser salvadas del penumbroso calvario.
Ha pasado un año de espera y aún conservo cicatrices alrededor de mi cuello. Sea lo que sea, sé que al tocar el reloj la media noche, regresará por mí. Aquí lo estaremos esperando. No se escapará esta vez, se los aseguro.

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