Jazmín y tabaco

2ª premio del II Concurso de microrrelatos, “Cuentos oscuros”.

Autor: Darío Navarro Álvarez

Como cada noche hasta que cumplí los ocho años, justo después de introducirme en la cama para dormir, entraba mi abuelo con el inconfundible olor dulzón de su tabaco de pipa y ese delicioso aroma de jazmín que emanaba de las florecillas con las que sutilmente se adornaba el bolsillo de su camisa beige. Tras regalarme un beso en la frente comenzaba a contarme historias. Muchas de ellas eran cuentos inventados por él, cuentos mágicos que por momentos lograban evadirme de mis complejos en el colegio, del abusón de turno o de las eternas peleas entre mi madre y mi padre. A veces me contaba historias de su juventud, de cómo conoció y enamoró a mi abuela. Otras veces, sin embargo, me contaba historias de la guerra, de cómo tuvo que abandonar a su recién casada, embarazada de mi madre, para acudir al frente y luchar contra personas que ni siquiera conocía.

Así fueron mis noches de cuentos, hasta el día en el que cumplí los ocho años, cuando mientras soplaba mis ocho velas, escuché a mi madre comentar, mientras esbozaba una tierna sonrisa, “qué contento se hubiera puesto el abuelo si no lo hubieran matado en la guerra”. A partir de esa noche ya no hubo más cuentos, ya no hubo más besos de mi abuelo. No hubo más infancia.

Hoy, a mis cuarenta y seis años, aún hay noches en las que me despierto con nostalgia y envuelto en el aroma de jazmín y tabaco.

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