La leyenda de la roca negra (II)

 

Autora: Mireia Giménez Higón

PARTE 2

 

»Sonaron las campanas y oraciones, y trabajos de la madrugada pasaron con una celeridad asombrosa llegando antes de los esperado, la hora ansiada.

 

»—Manuel, necesito que portes aquel saco son una hogaza de pan y un poco de queso y vino —le pidió Juan mientras cogía su viejo bastón que le ayudaría a caminar con mayor ligereza.

 

»Cuando estaban a pocos metros del portón que les separaba del pueblo otro monje, también de la orden Mayor, se unió a ellos, Tobías. Manuel, creyó ver en el rostro de su maestro un furtivo gesto de desaprobación que desapareció casi tan rápido como había aparecido. Se preguntó la razón de aquel fugaz disgusto de quien había decidido acompañarles pues, si mal no recordaba, aquel hombre era uno de los más venerados Mayores del monasterio. Cuan equivocado estaba pues, no era precisamente veneración lo que despertaba aquel monje. En cualquier caso, llegaron al fin al convento donde una de las monjas les recibió con respeto invitándoles a entrar.

 

»Aquellas mujeres parecían seguir con exactitud los mismos quehaceres que sus hermanos los monjes, mientras unas estudiaban las escrituras otras, las más jóvenes, trabajaban la tierra. Y en aquellas monjas y novicias se centró la atención de Manuel, buscaba a la joven de pelo castaño que le cautivase en la pasada misa de domingo. Consiguió verla mientras ella recolectaba frutos cosechados en el pequeño huerto, éste estaba bien cuidado y el olor de sus árboles en flor impregnaba cada rincón. En el centro se levantaba un austero pozo de madera y forja del que, seguramente, extraían el agua de las comidas.

 

»Como si de una fuerza extraña se tratara ella alzó su mirada para toparse con la de Manuel, la muchacha se ruborizó y con una tímida sonrisa regresó a su trabajo de recolección. Sin embargo, Manuel no fue el único que se había fijado en aquella dulce chica de buena familia que había decidido abrazar la palabra del Señor.

 

»Llegaron a la pequeña sala en la que el monje Mayor Juan iba a recibir a todas y cada una de ellas para escucharlas en confesión. Del mismo modo el monje Mayor Tobías también reclamó su participación ofreciéndose como confesor de las recién llegadas quienes, según él, se verían menos temerosas de liberar sus pecados sin miedo a la dura penitencia. Pero, la realidad iba más allá, ¿cuál era la penitencia impuesta por el Mayor Tobías que jamás, aquella que hubiera negado, terminaba por renovar sus votos? Las jóvenes novicias fueron entrando una a una en aquella habitación de confesión para con Tobías y, a cuál de ellas salía con mayor pesar en su rostro.

 

»Manuel, que las observaba desde el claustro como entraban y salían, esperaba con temor el turno de su dulce enamorada. No conocía con seguridad lo que en aquel lugar acontecía pero de seguro sabía que nada bueno esperaba a quienes allí entraban.  Quizás fuera la fuerza de su creencia, quizás la buena fe de aquella monja de avanzada edad que había reparado en el joven monje. El caso fue que acercándose a él y le preguntó por su parar inquieto. Manuel, con miedo a equivocarse al confesar su temor, decidió de igual modo someterlo a prueba. Le explicó que andaba observando a quienes creían perdonar sus pecados en manos del Mayor Tobías y que, donde debería haber alegría y júbilo, solo veía temor, dolor y suciedad. Fue entonces cuando aquella mujer venida de ninguna parte le reveló lo que allí sucedía.

 

»—¿Cómo puede usted saber lo que tras aquella puerta acontece? —preguntó perplejo ante aquella afirmación.

 

»—Porque yo también lo viví hace más de cien años —sentenció la anciana desapareciendo de igual modo que había llegado.

 

»Manuel, que aún se encontraba sorprendido por lo que acababa de suceder regresó al presente al ver que quien debía confesar a continuación no era otra que su amada. Sentimientos se encontraron de nuevo en su interior, no entendía como aquella joven que de nada conocía podía aflorar esos sentimientos en él, aquella valentía por su corazón. Así pues, reaccionó de inmediato dirigiéndose ante las miradas atentas de quienes por allí se encontraban hasta la puerta que le separaba de la verdad. Respiró con profundidad dubitativo de su propia decisión y, alzando su puño en alto, clamó con la fuerza de su amor sobre la puerta de madera. No esperó respuesta alguna para abrir aquel portón de bisagras oscuras como el alma de su monje Mayor, lo que sus ojos vieron al ingresar en aquel habitáculo le enfureció sobremanera. Vio a aquella dulce muchacha postrada en el suelo, golpeada y, sus ropajes hechos girones. Ella lo miró cual cervatillo asustado a la vez que su mirada se enfriaba y endurecía cuando se enfrentaba a Tobías.

 

»—Lárgate novato, esto no es cosa vuestra —ordenó el monje Mayor y, al ver que sus ojos se depositaban en la joven novicia una maliciosa sonrisa apareció en su rostro—.Crees que puedes salvar a esta criatura maligna pero, no es más que un pecado encarnado que hace sucumbir al hombre más noble. Pero eso no sucederá hoy, deben aprender ante quién deben sucumbir entregándose a su pastor.

 

»—No creo que esa sea la razón de nuestra fe, señor —contestó Manuel en un confuso sentimiento venido del temor y la valentía.

 

»—Está bien, la dejaré por ti. Tómalo como muestra de mi buena fe —dijo el Mayor Tobías. La joven novicia se abalanzó sobre Manuel refugiándose en su abrazo. Ambos se mantuvieron unidos lo suficiente para creer que aquello había terminado. Craso error.

 

“La leyenda de la roca negra”

 

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