La leyenda de la roca negra (y III)

Autora: Mireia Gimñenez Higón

PARTE FINAL

 

»Una vez regresaron a sus celdas, Manuel no pudo más que intentar esclarecer lo que le atormentaba. Recordó a aquella monja de avanzada edad cuya revelación había suscitado en nuestro protagonista un enorme agujero que debía cubrir pero, no sería hasta la mañana siguiente, cuando regresara a sus quehaceres con el Mayor Juan, donde podría desvelar esos secretos que le quitaban el sueño. Pidió permiso para adentrarse en la biblioteca con la buena excusa del estudio en sus lecturas. Comprobó cada nombre y relato escrito en esas grandes hojas de cuero tratado. Leyó con atención las escrituras base de su comunidad. En ello estaba cuando su maestro se acercó con sigilo.

 

»—Te veo preocupado, Manuel —dijo el Mayor Juan mientras tomaba asiento cerca de su discípulo—. Debemos hablar pues creo que ayer hubo más que un desentendimiento con Tobías, ¿es cierto?

 

»—Sí, así fue. —Manuel esperó esa señal que todo buen hombre suele hacer con su mano abierta invitándole a continuar—. Creo que el Mayor Tobías hace uso de su posición para recibir el favor de las novicias que esperan su consentimiento para renovar sus votos.

 

»—Esa es una acusación demasiado grave de quien está a punto de recibir su medallón.

 

»—Lo sé pero lo he visto y creo que hace uso de algo aún peor. —Esperó de nuevo la aprobación de su maestro para continuar—. Magia negra —afirmó al fin casi con un susurro.

 

»El Mayor Juan, tras escuchar las sospechas de su joven ayudante decidió contarle una vieja leyenda. Resultó que hacía muchísimos lustros, dos príncipes, hermanos entre sí, se enfrentaron por el amor de su padre; el pequeño hizo acopio de su fuerza y valor, ofreciendo a su padre tierras conquistadas con el temor; el hermano mayor, por su parte, mostró sabiduría y compasión, con lo que pudo ofrecer a su padre el apoyo incondicional de su pueblo. Es así que su padre se declinó por este castigando al menor por su crueldad incondicional. El destino cruzó en su camino a una joven bruja que temerosa del joven príncipe le ofreció los conocimientos de su magia, una magia que él utilizó para sí, encerrando a la bruja para que nadie más supiera de ella. El joven príncipe causó el temor por gran parte del territorio esperando que todos sucumbieran a su voluntad y, durante muchísimos años así fue. El tiempo pasó y aquella joven bruja se convirtió en una dulce anciana que logró escapar de su celda, corrió hasta toparse con quien una vez fue el príncipe de aquel lugar. Le ofreció su sabiduría y así, juntos crearon esta comunidad que luchó primero para salvaguardar a su pueblo, retirándose después para transmitir ese conocimiento de generación en generación.

 

»—¿Y qué pasó con aquella anciana? —preguntó curioso Manuel.

 

»—Fundó conmigo esta comunidad —contestó con la mirada perdida el viejo Maestro—. La cuidé hasta que mi hermano nos encontró y la apartó de mí para siempre dejándola vagar cual alma en pena por estos valles. Sin descanso.

 

»—¿Está diciendo que usted y Tobías son aquellos príncipes de hace cientos de años? ¿Y que la monja que vi es en realidad el fantasma de una bruja? —preguntó entre el respeto y la escepticismo. 

 

»—Yo solo digo que tengas cuidado con Tobías pues su poder es el mayor del que jamás se ha oído hablar.

 

»Nuestro protagonista quedó pensativo, viendo como el anciano se alejaba dejándolo a solas con sus pensamientos. Todo aquello no tenía sentido, ¿cómo iban a ser Juan y Tobías hermanos centenarios? Debía ser una locura. Se preparó pues aquel día tocaba el único paseo, la oportunidad que cada semana esperaban Manuel y la novicia, quienes, poco a poco, se habían enamorado, para verse a escondidas. En pocos minutos las puertas se abrirían para darles unas horas de libertad, al menos así lo veía Manuel, quien desde la primera vez que vio a la muchacha,  solo podía pensar en ella. Como cada semana, cada monje decidía qué camino tomar, había quien prefería pasear junto a sus colegas por un paraje u otro y había quien prefería la soledad y la intimidad del bosque. Así es como Manuel y la joven novicia decidieron encontrarse cerca del acantilado, a un par de kilómetros entre el convento y el monasterio. Pero al llegar no era precisamente su amada quien le esperaba, no. En su lugar, el Mayor Tobías se encontraba erguido de espaldas al camino por el que venía el joven protagonista.

 

»Tobías se giró despacio, cuando sus ojos se encontraron con los de Manuel éste observó en su mirar la oscuridad de la que su maestro le había hablado. Observó en el rostro de Tobías una sonrisa diabólica que le hizo intuir lo peor.

 

»—¿Dónde está? —preguntó Manuel alertado por aquella sonrisa perversa que le brindaba el Mayor.

 

»Nada hizo falta para comprender que la mujer que esperaba ya no regresaría. Corrió hasta el borde de aquel acantilado. Intentó encontrar entre la espuma que el océano creaba en su golpear contra las rocas algún ápice de quien le había robado su corazón. Nada vio pero no le importó, si ella ya no regresaría Manuel jamás volvería a vivir, y allí permaneció, día tras día, noche tras noche, hasta que la tierra lo capturó para sí convirtiéndolo en aquella roca negra como el hábito que vestía. – Julia señaló de nuevo la roca mientras su hijo le escuchaba asombrado.

 

»Sucedió que Tobías jamás arrojó a la joven novicia sino que la encerró como castigo por su impureza pues sabido fue que yació junto a Manuel al poco de conocerse. Fue entonces que se le apareció a la joven novicia una vieja monja que jamás había visto en el convento y con dulces palabras le prometió que volvería a ver a Manuel si bebía de una pequeña botella que ella misma portaba. La joven bebió y desfalleció de inmediato. Entró pues Tobías en aquella celda esperando ver a la novicia dispuesta cuando la encontró inconsciente en el suelo. Asustado la escondió en el interior del bosque, cerca del acantilado. Allí, olvidada por todo hombre y mujer, despertó, sola y asustada en la oscuridad de la noche. Jamás imaginó el tiempo que había pasado, intentó regresar al convento pero este se encontraba abandonado, ninguna monja vivía ya en él. Anduvo sola y confusa durante horas, buscando una respuesta hasta llegar a aquella roca negra que vigilaba atenta hacia el océano.

 

»—Al fin despertaste —oyó una voz a su espalda. La joven se giró despacio sin entender aun lo que sucedía.

 

»—Llevo muchos años esperándote —prosiguió Juan. 

 

»—No entiendo, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está Manuel? —preguntó asustada.

 

»—Detrás de ti se encuentra él. Esperó por ti hasta convertirse en esa roca solitaria y, gracias a aquel brebaje que tomaste en tu celda conseguiste sobrevivir al tiempo, te di mi sangre para entregarte la vida eterna.

 

»—¿Y de qué me sirve si él no está? —gritó entre sollozos.

 

»—La magia de mi hermano es demasiado fuerte para que yo pueda deshacerla pero creo que esto os puede ayudar. Observa.

 

»La joven miró hacia aquella roca que poco a poco se quebraba desde en su interior dejando salir de él a su amado Manuel. Corrió hacia él con lágrimas en sus ojos para esconderse entre sus brazos, para sentir su corazón latir y ver por fin aquella mirada que la enamoraba.

 

Julia miró a su hijo quien la observaba y escuchaba cada palabra que ésta le había contado, le sonrió y continuó.

 

—Para desgracia de los enamorados la eternidad no sería como esperaban, sino que solo podrían disfrutar de su amor un día al año —cogió entre sus manos la carita de su pequeño, besó su frente y le confesó—: Así es, cariño mío, que hoy es un día especial, hoy conocerás a tu padre de quien cogiste su nombre, mi pequeño Manuel.

 

“La leyenda de la roca negra”

 

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Fin.

 

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