La muerte. 6 lecturas y 6 maneras de contarla y entenderla

Noviembre, el mes de los muertos. Por su comienzo con el recuerdo a los que se fueron, por su aroma de otoño tan gris como de intensos colores rojizos, por ser antesala del invierno que desnuda naturaleza y apaga vida. Y al final de toda vida se encuentra su hermana: la muerte.

Porque la Muerte pasa cada día a nuestro lado y nos saluda cortés, aunque no la veamos. Suele sonreír siempre porque siempre nos está esperando. De mil formas apacibles o crueles, inmerecidas o liberadoras, cobardes o valientes. Y son miles de millones las historias en las que aparece o inspira. Escojo estas 6 lecturas que destaco por cómo me ayudaron a entender el valor o las visiones de esas formas. Yo ya la saludé en un segundo una vez, pero por esos hilos que manejan el azar, el destino, una voluntad divina o simplemente el proceso de existir, todavía la espero.

El corazón delator – Edgar Allan Poe

La locura de la muerte

Porque si hay alguien que escribió sobre la muerte en sus más oscuros y dementes planos ese fue el maestro de Boston. En este relato corto junto con el del El retrato oval se conjugan el horror y la locura a partes iguales, y son para mí los más impactantes.

La conciencia devorada por los remordimientos de un asesino que comienza a escuchar los latidos del corazón de su víctima bajo el suelo. Ese corazón destruido que vuelve a latir hasta enloquecerlo. La muerte que se venga sin piedad desde su origen más abyecto. Un prodigio de narración de quien trató a esa muerte en vida como a su mejor y más leal amiga, que no le falló en sus farras y delirios y se lo llevó pronto. Demasiado para tanto genio más como debió habernos dado el gran Poe.

Estoy bien – J. J. Benítez

Las dimensiones de la muerte

Porque ¿quién sabe realmente lo que nos tiene preparado después? Lo único cierto es que no ha vuelto nadie. Pero hay muchos que sí parece que lo hicieron a medio camino y pudieron distinguir algo más allá de una aséptica explicación científica. Son algunos los privilegiados (o no) que sí han contactado con los que se marcharon también más allá de una confusión con algún tipo de locura.

Sí, es J. J. Benítez, autoridad mundial en fenómenos paranormales y en echarle la mano a un Jesús extraordinariamente Jesús en sus caballos de Troya. Pero siempre hay alguien, o más bien muchos, al que le apasiona lo desconocido, esos planos que no por creerlos quiera decir que no existen.

El diario de Anna Frank – Anna Frank

La MUERTE con mayúsculas

Porque Anna Frank la vio, ella y tantos millones más, en su más cruel, despiadada y abominable apariencia: la que es capaz de concebir y ejecutar el ser humano cuando ha perdido su alma o no la tuvo nunca.

La MUERTE que vio la pequeña judía holandesa no ha vuelto a repetirse de esa forma o circunstancias. Pero no ha desaparecido y, para pasmo (o no) del supuestamente más avanzado género humano(ide), vuelven a soplar vientos de aquel infierno.

La MUERTE que vio Anna Frank, al parecer, nos ha perseguido constantemente. Porque quizás, en realidad, es la que todos sin excepción podemos dar, recibir y llevar dentro.

Bajo las ruedas – Herman Hesse

La muerte de la sensibilidad

Esta historia intimista que escribió Hesse en 1906, basada en cierta experiencia personal, es la narración de una desmoralizante anulación de la personalidad de un adolescente. Hans Giebenrath es un orgullo para su padre. Triunfador académico al que se le abren todas las puertas por su dedicación y logros, pero que se le van cerrando cuando Hans siente que esa pasión por el estudio se ha convertido en una obsesión alimentada por la presión de su entorno.

Su carácter sensible primero se rebela, luego se acepta, se asume y termina resignándose ante el fracaso al que lo han abocado. Hasta que termina rompiéndose.

Quizá fue por haberlo leído siendo un poco más mayor que Hans, pero el devenir de su existencia literaria me conmovió tanto que lo sigo releyendo de vez en cuando. Y para mí ya siempre será inmortal.

El perro de los Baskerville – Arthur Conan Doyle

El monstruo de la muerte

Un monstruo en forma de enorme perro, que ataca y mata sin piedad en los páramos ingleses llenos de misterio. Sí, estaba Sherlock Holmes para resolverlo. Y ambos eran las metáforas de la superstición y la ciencia, del horror ante lo desconocido y la razón que siempre le busca una explicación. En definitiva, de lo que queremos explicar con palabras, entender con nuestra limitada capacidad humana.

Sherlock nos ayuda, investiga junto a Watson esos extraños crímenes en un ambiente de esa superstición que también esconde oscuras venganzas con los señores Baskerville y su mansión. Y acaba, por supuesto, encontrando la solución y el motivo que aplacan el miedo y la incomprensión. Pero solo los aplaca. Son muchos perros de Baskerville los que nos creamos cada día. Y los que nos acechan. En realidad, nunca estamos a salvo de ellos, ni siquiera Sherlock Holmes.

El fantasma de Canterville – Oscar Wilde

La muerte amable

Porque ¿quién no quiere tener en su castillo inglés, o en su casa, a un fantasma como sir Simon de Canterville? ¿Quién no puede sentir conmiseración ante su desgracia de vagar por frías estancias y galerías? ¿Tener que arrastrar pesadas cadenas, pintar charcos de sangre y tratar de asustar sin éxito alguno a esos descreídos, molestos y paletos yanquis que compran tu morada eterna?

¿Quién no ha tenido los quince años de Virginia Otis y no se ha apiadado de él? ¿Quién no lo ayudaría como ella a descansar en paz de una vez? Nadie. Y sir Simon Canterville alcanzó ese descanso ansiado pero sigue vagando, y lo hará, por todos nuestros castillos de sueños y libros, de anhelos por que, tal vez, en la muerte, sigamos existiendo sin ser sombras temidas o errantes, sino como espíritus como él. Gracias a Oscar Wilde podemos hacerlo. Seguro que volvieron a encontrarse.

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