La última ejecución de un reo en Alicante

Autor: Manuel Jorques Ortiz

 

En la provinciana y todavía no masificada por el turismo, ciudad de Alicante, había ocurrido, unos tres años atrás, el terrible asesinato de un cobrador del Banco Central (Vicente Valero Maciá) para robarle la cantidad de 250.000 pesetas que transportaba desde esta Capital a Elche, por el que habían sido condenados a muerte los dos autores, Julio López Guixot y su cuñado José Segarra Pastor, pena que debía cumplirse en el Reformatorio de Adultos de la capital, donde ambos se hallaban recluidos desde su condena confirmada por el Tribunal Supremo.

            El lunes 21 de Julio de 1.958, a primeras horas de la tarde, en el Juzgado de Instrucción nº 2, en funciones Guardia, sito en la calle Reyes Católicos, dentro del destartalado y casi ruinoso edificio del antiguo Instituto de Enseñanza Media, en el que este autor se hallaba destinado en su calidad de Auxiliar de la Administración de Justicia, con sus oposiciones recientemente aprobadas, con 19 años de edad todavía no cumplidos, comparecieron dos personas: un joven, bien trajeado, que se identificó como Sub-Inspector del Cuerpo General de Policía y, el otro de mediana edad. El policía exhibió un oficio de la Dirección General de Seguridad en el que se le encargaba de conducir y proteger al otro sujeto, un hombrecillo insignificante, que se identificó como “Ejecutor de la Justicia” (en términos más comprensibles: El Verdugo). Nos pusimos inmediatamente en contacto con la Audiencia Provincial (el Secretario, Don Rafael Camacho Blaya estaba esperando la “visita”) situada en el piso primero del edificio en cuestión, subiendo al Juzgado de Guardia el Secretario y dos Auxiliares (Pascual Guilló y Joaquín Chicano). Llevaban un telegrama cifrado del Ministerio de Justicia (el original quedó encima de mi mesa y lo guardé; hoy está en poder del actual Presidente de la Audiencia Provincial, a quien se lo regalé, y yo conservé una fotocopia que es la que ahora doy a conocer) Ese telegrama decía (lo habían descifrado previamente) que a uno de los reos (Segarra) le habían conmutado la pena de muerte por treinta años de reclusión mayor, mientras que al otro, el autor material del asesinato, su cuñado Julio López Guixot, casado con una hermana de Segarra, debía ser ajusticiado al amanecer del día siguiente, lo que se le debía notificar.

En el intervalo desde la llegada al Juzgado de Guardia de “El Ejecutor de la Justicia” hasta la personación del Secretario de la Audiencia, Sr. Camacho, se me ocurrió preguntar al “hombrecillo insignificante” por el contenido de un voluminoso maletín que portaba y, amablemente, nos lo mostró: Se trataba, ni más ni menos, que del artefacto con el que se aplicaba el “garrote vil” a los reos de asesinato. Recuerdo que nos daba explicaciones “técnicas” sobre su macabro funcionamiento y las veces que lo había utilizado ya que, por ser escasos los “funcionarios” de su oficio, afortunadamente tenían algún “trabajo” que les permitía complementar su miserable salario, complemento que también obtenía sorteando caramelos en los trenes de viajeros de determinados trayectos, actividad cotidiana en aquellos años cincuenta del pasado siglo

            En esas estábamos cuando Don Rafael Camacho le dijo que en virtud de las órdenes del Ministerio de Justicia, solo tendría que agarrotar a un reo y no a dos como a él le habían notificado, ya que acababa de llegar el indulto del apellidado Segarra ¡No veas las protestas y blasfemias de aquel individuo porque le habían “sustraído” una de las gratificaciones! (tengo anotado que cobraba unas 10.000 pesetas por cada muerto). La notificación a la Audiencia se hizo por medio del telegrama cifrado que reproducimos a continuación):

telegrama

            El siguiente trámite, que le competía al Sr. Secretario de la Audiencia, era la notificación al reo de la hora de su ajusticiamiento y al que salvaba la vida, el acuerdo del Consejo de Ministros, y para el cercano Reformatorio de Adultos sito en la Avenida de Aguilera, hoy sede de los Juzgados de Alicante nos fuimos caminando, Don Rafael Camacho, Joaquín Chicano, Pascual Guilló y un servidor que vio la ocasión de vivir una insólita aventura, así como el “verdugo” (Antonio López Sierra, nacido en Badajoz, con plaza “fija” en la Audiencia Territorial de Madrid) y su guardaespaldas, el Sub-Inspector de Policía. El Ejecutor de la Justicia alegó que tenía que ver personalmente al reo para tomarle “medidas” de su estatura y corpulencia, para “preparar” con anticipación la escena de su trabajo.

            Don Rafael y Joaquín Chicano, que entraron en el locutorio de jueces para la notificación (serían sobre las seis de la tarde) nos comentaron la serenidad con la que había recibido la “noticia” Julio López Guixot, y nos mostraron la firma que había estampado en la diligencia de notificación. El “verdugo” que fue con ellos, de mirón, al salir me dijo que su víctima era más o menos de mi estatura, por lo que el “ensayo” lo haría conmigo para colocar el “instrumento” a la altura adecuada (ya puede imaginar el lector la “alegría” que me dio la noticia).

Quedamos todos citados para el amanecer del día siguiente y Don Rafael se marchó a su casa mientras que los demás nos quedamos un rato con el Ejecutor de la Justicia, que anduvo con los funcionarios de prisiones colocando la tarima, silla y poste utilizados, sin duda, en otras ocasiones. Al poste amarró el “aparato” y me pidió que me sentara para fijarlo a la altura “adecuada” (la “nuez” del cuello)… Aún hoy, después de casi de cincuenta y ocho años me da escalofríos el recordarlo). Terminado el “trabajo”, en “comitiva” nos fuimos a tomar unos “chatos” por los diversos tabernuchos del hoy llamado “Barrio”, pero que entonces era lo peor de lo peor de Alicante: “Las Tinajas”, “Casa de la Sorda”, “El Rincón Bohemio”, la “Calle Álvarez”, etc. Como aquellos “establecimientos” no cerraban en toda la noche, hubo tiempo sobrado para que el “verdugo” cogiera una borrachera fenomenal, en la que se le desató la lengua y nos contó algunas de sus “hazañas” (en la Guerra Civil había combatido en el bando “rojo”, lo sacaron del campo de concentración para alistarse en la División Azul y de vuelta a España optó voluntario a la plaza de Ejecutor de la Justicia había que comer que en su pueblo de Extremadura, donde vivía no dijo su nombre nadie sabía su “oficio”). Nos contó, rabioso, el desdén con el que los engranajes de la maquinaria de la Justicia lo trataban y, en su borrachera, se preguntaba si  los Jueces, Tribunales y funcionarios del Ministerio, no eran peores o al menos tan “malos” que él, al dictar las sentencias de muerte y ordenar su ejecución al “pobre diablo” que cumplía la orden.

            Al amanecer, tras una caminata que nos fue bien a todos para despejar algo la cabeza, nos trasladamos al Reformatorio de Adultos en donde ya estaba Don Rafael Camacho, que tenía que dar fe del cumplimiento de la sentencia, y el “hombrecillo” se metió de lleno en su “faena”, dejando todo listo para culminarla felizmente.

            A la hora señalada, el Director del Reformatorio dio la orden a sus funcionarios y al jefe de la guardia de la Policía Armada (los famosos “grises”) para que fueran a buscar al reo a su celda de aislamiento, y al momento se empezó a oír un gran tumulto ruidoso (sin duda los reclusos que “protestaban” por su compañero).

            Julio López Guixot, que según el Director, había pasado la noche serenamente, tomando café y coñac y dando conversación a los funcionarios que lo custodiaban, atendiendo al sacerdote (Don Salvador), en el momento de la verdad se “vino abajo”. Lo sacaban a rastras y gritaba ¡¡¡malditos, vais a matar mi cuerpo pero mi espíritu os perseguirá eternamente!!!  y otras frases por el estilo, junto con insultos y blasfemias terribles… Lo sentaron en la “silla”, lo ataron mientras que el verdugo le ponía la capucha negra y la “corbata metálica” (me parece que aún estaba algo ebrio) y al dar las primeras vueltas a la manivela que apretaba el “lazo”, el reo dio un grito espantoso: La medida que tomó, utilizándome como modelo no era correcta y le había machacado el mentón. A toda prisa (con muchos nervios) hubo que bajar algo el artilugio y vuelta a empezar la “maniobra”, en esta ocasión certeramente. El médico del Reformatorio certificó la muerte, el Secretario de la Audiencia dio fe de que la sentencia se había cumplido y al Ejecutor de la Justicia, al que se le pasó de golpe la embriaguez le entraron las prisas y el miedo (por si los familiares del ejecutado tomaban alguna represalia), apremiando a su escolta para irse rápidamente y nunca más supimos de él.

Me parece innecesario decir que desde aquel maldito día me convertí en el más ferviente opositor a la pena de muerte, en un humanista integral, no solo por razones éticas, morales y religiosas, sino por estimar que un Estado, una sociedad, no puede, no debe quitar la vida de un ser humano. Mi reflexión desde entonces es que matar a un hombre no es defender una doctrina, unas leyes o una sociedad: Es, sencillamente, matar a un hombre, quitar la vida a un ser humano único e irrepetible.

            La sociedad española de aquellos tiempos solo tuvo noticias de la aplicación del “garrote vil” al reo, en alguna nota de prensa, como la que el diario ABC, en su edición del 23 de Julio de 1.958, página 34, la agencia “Cifra” hacía constar: “EJECUCIÓN DE UNA PENA CAPITAL. Alicante, 22. Ha sido ejecutada la pena capital impuesta a Julio López Guixot, por el llamado “Crimen de Vistahermosa” o “Crimen de las Quinielas”, ocurrido hace unos tres años en la barriada residencial de Vistahermosa, situada a 5 kilómetros de la capital. La ejecución se efectuó en el Reformatorio de Adultos de esta ciudad. El otro condenado por el mismo crimen, José Segarra Pastor, fue indultado de la pena capital que le había sido impuesta por los tribunales.

Garrote

(De esta forma le fue aplicado el “garrote vil” a López Guixot)

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