Le leyenda de la roca negra (I)

 

Autora: Mireia Giménez Higón

 

“La leyenda de la roca negra”

 

PARTE 1

 

— ¡Mira hijo, la roca negra del monasterio! – le señalo su madre – ¿Conoces su historia? – Era una gran piedra que parecía fuera a precipitarse hacia las aguas del acantilado. Al ver la carita de su pequeño descubrió que nada sabía y, con un gesto de su mano, le indicó que se sentara junto a ella.

 

Las olas golpeaban con fuerza en las sólidas rocas y esa brisa con olor a mar inundaba la atmósfera apartándolos del resto del mundo.

 

—Verás, hace mucho mucho tiempo, tanto que casi olvido cuando sucedió, existió un hombre, tan dulce, honesto y valiente que hasta aldeanos y nobles le respetaban sin dudar. Era un joven venido de una casa noble en decadencia, mientras sus dos hermanos mayores optaron por las armas, éste se decantó por su fe. Creyó que abrazar la oración sería su prueba de vida pero, nada más lejos de la realidad. El destino puso ante él una horrible tentación y no sería el único que viviera tal osadía, pues entre las sombras y los muros del monasterio había quienes podían ver y oír más allá del propio tiempo. Pero, poco a poco, mi pequeño, empezaremos por aquel primer día en el que la primavera trajo algo más que flores de dulce aroma.

 

»Las campanas del monasterio sonaron despacio, pues su finalidad no era otra que despertar a los monjes que descansaban en sus pequeñas celdas. Manuel, que así se hacía llamar nuestro protagonista, se levantó con la misma vitalidad repetida durante casi tres años. Aún era de noche, la madrugada ni se acercaba pero era hora de levantarse, la oración le llamaba. Se puso sus ropajes, si así podía llamarse a los hábitos que vestían, eran de color marrón, austero, sin adornos, todos iguales. Tan solo un tosco medallón diferenciaba a los monjes de los novicios y, Manuel, pronto obtendría el suyo. Nada podía importarle más, o sí. Tras maitines, laudes y prima, comenzaban los trabajos. Cada uno de los que en aquel monasterio habitaban tenían un oficio o bien eran aprendices. Nuestro joven novicio, al ser de familia noble, era conocedor de la lengua escrita y como tal le buscaron su oficio, pronto comenzó a trabajar como bibliotecario y bien lo merecía. Entre coseres, hojas y tintas anduvo durante horas. Hubiera sido un día cualquiera pero aquel, iba a romper con la monotonía de los clérigos pues, tras la tercia, en la misa, tendrían una visita poco convencional. Reducidas eran las ocasiones en las que monjes y gentes del condado compartían plegarias y misas, en ocasiones, sobre todo en el día del Señor, los monjes abrían una pequeña puerta, a la siniestra del portón principal, por donde daban paso al vulgo y así compartir la misa de las ocho.

 

»Pero aquel día, ni era domingo ni la visita provenía del pueblo. Ni señores, ni nobles. No, nada de eso. En silencio se encontraba, copiando en hojas de pergamino, con caligrafía clara, textos venidos de tiempos pasados cuando las campanas, una vez más, llamaron a oración. Esta vez con mayor fuerza, consiguiendo así que su tañer alcanzara hasta el último rincón de la comarca. De nuevo y, en silencio, recogió con brío sus útiles de escribano y se dirigió junto a sus compañeros hacia la iglesia en la que se oficiaría la misa. Entraron así, en fila los monjes y ocuparon según el orden establecido sus asientos. Esperaron pacientes la llegada de la visita y, al fin, la puerta pequeña, de madera y con esos goznes chirriantes tan molestos, se abrió. Allí estaban, la orden benedictina a la que Manuel pertenecía había creado una rama femenina no hacía más de un siglo. Las monjas que a ella servían y abrazaban aquella vida benedictina, aún no eran demasiadas pero, las suficientes para haber sido reconocidas al fin. También era cierto que provenían, casi sin excepción, de familias de alta alcurnia. Las monjas consagradas entraron primero, después las que se encontraban ya cerca de la renovación de votos y, por último, las novicias en orden de llegada al convento. Entre estas últimas, hubo una que de un modo extraño, atrajo la curiosidad de nuestro joven Manuel que la observó con cautela. Ella, cual joven muchacha, era cuidadosa en sus pasos, mantenía su rostro sereno y la mirada postrada en el viejo suelo de piedra. Portaba su melena recogida con decoro pues, aunque aún no se había desprendido de su cabello, debía mantener la discreción que se le ordenaba. Sin embargo, su rostro rosado, sus dulces labios y un gracioso mechón furtivo que le caía sobre la cara eran suficientes para Manuel, pronto se encontró obligándose a responder en la oración en contra de su voluntad, pues su corazón y alma le empujaban a mirar hacia donde la joven novicia se encontraba.

 

»Pasaron sexta, nona, vísperas y completas con un solo pensamiento: el rostro dulce y hermoso de una muchacha que solo buscaba abrazar la palabra de su Señor. Un nuevo día amaneció entre aquellos muros y cada monje se dedicó a sus quehaceres diarios, todos salvo Manuel. Por su cercanía a la obtención del ansiado medallón fue designado durante ese día a estudiar las artes de la fundación junto con los monjes Mayores. Eran así llamados, no por su edad como podrías parecer, sino por su talento para con dichas artes secretas para el resto de monjes y, mucho más si cabía, para las gentes de extramuros.

 

»—Manuel, acércate —le llamó así el monje Mayor Tobías, uno de los más fuertes y, por qué no decirlo, temido de los allí presentes. Manuel, sin dudar ni tan solo un segundo se acercó hasta él para recibir cualquier instrucción de las que pudiera servir—. Ve y recoge aquel montón de pergaminos, ten cuidado con ellos, ni los desórdenes ni los pierdas pues en ellos hay cuantos estudios pueden ser recabados en cien vidas.

 

»Manuel asintió sin mediar palabra alguna y se dirigió hacia su cometido. En ello se encontraba mientras observaba a aquellos poderosos hombres, sabios como jamás había visto y conocedores de los más grandes secretos de la tierra. Había visto como en centenas de ocasiones, hombres venidos de todas partes, recorrían miles de kilómetros solo para conocer su opinión con respecto a cualquier tema de salud, política o guerra. Había visto como hombres y mujeres cercanos a la muerte conseguían burlarla gracias a las manos de aquellos monjes. Pero lo que nunca había visto era qué coste debían pagar aquellos que pedían tan grandes milagros, como las gentes lo llamaban. Cuál era la penitencia o sacrificio que sus peticiones tenían de precio. Decidió pues entregarse a su trabajo sin poder evitar echar un vistazo a algunos de aquellos pergaminos. Pudo leer propiedades de las plantas habidas y por haber o recetas de jarabes y ungüentos. Quedó embelesado leyendo aquel conocimiento hasta llegar a una parte que llamó su atención en demasía, ritos y conjuros comenzaban a llenar gran parte de aquellas hojas de pergamino. En aquel estado se encontraba que no se dio cuenta de que alguien se acercaba a sus espaldas.

 

»—Manuel —dijo alguien tras él mientras una mano se posaba en su hombro. Sobresaltado, amontonó todas las hojas en un burdo intento de esconder su delito.

 

»—No te preocupes, en nuestros primeros años hemos tenido curiosidad sobre qué aparece escrito en los pergaminos. —Manuel se giró para ver de quien venían aquellas amables palabras al darse cuenta que su temido Tobías se hallaba concentrado en sus quehaceres en otro rincón de aquella enorme habitación. Era Juan, el monje Mayor de más edad, un gran hombre y venerado por los que en el monasterio habitaban—. Ven hijo, no te escondas de lo que tu mente y tu corazón buscan. Llevo mucho tiempo fijándome en ti, en tu curiosidad y habilidad para retener el conocimiento. Necesitamos nuevos miembros y pocos tienen el don como lo tienes tú.

 

»—¿Don? ¿Qué don? —contestó Manuel perplejo.

 

»—Un gran don que irás descubriendo si dejas que yo sea tu maestro.

 

»—Pero, mi puesto se encuentra en la biblioteca junto al padre Tomás y yo…

 

»—No te preocupes, yo hablaré con él. —Al ver el rostro perplejo de quien quería fuera su discípulo continuó—. Solo si tú quieres.

 

»Manuel, perplejo al principio y decidido al final, aceptó honroso. No llegó a pasar una semana completa cuando le llegaron noticias que le alegraron el corazón, quizás más de lo que él mismo esperaba. Juan, quien se había nombrado maestro de nuestro joven protagonista, le acababa de comunicar aquella misma noche, justo antes de irse a su celda, que a la mañana siguiente debía acompañarle al convento. Con aquella ilusión que le confundía, gratamente, alcanzó el sueño.

 

 

 

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