NO ERA SUICIDIO: ¡FUE ASESINATO!

Autor: Manuel Jorques Ortiz.

Este relato no entra dentro de mis notas del JUZGADO DE GUARDIA DE ALICANTE, sino que es muy posterior, precisamente cuando después de superado otras oposiciones para un cargo superior en la Administración de Justicia, pedí destino a la ciudad de Granollers, distante 28 kilómetros de Barcelona, para poder finalizar mi Carrera de Derecho siempre aplazada, en la Facultad de dicha capital, y aunque mis funciones eran de jefatura en el área civil del Juzgado, por circunstancias de las fechas y haberme quedado solo con un funcionario a finales del año 1.969, me vi envuelto en un suceso penal del que tomé buena nota y que ahora paso a relatar.

Nunca he vuelto a vivir un día tan tenebroso como aquel 31 de Diciembre de 1.969. La mañana, en aquel atávico Juzgado de Instrucción de Granollers de la plaza de Los Caídos, transcurría plácida, medio festiva, cuando el alcalde de Tagamanent (Valentín Leiro Paz) vino a hacer una asombrosa denuncia: Había escuchado personalmente, en un bar del pueblo, como una vecina  (con varias copas de más) relataba que la muerte de su marido, acaecida un par de meses atrás, no se había debido a un suicidio sino que ella lo había estrangulado con la correa de sus pantalones, mientras dormía “la mona”, arrastrándolo después hasta el patio de la finca, dejándolo a los pies de un árbol, y había simulado el ahorcamiento atándole  una cuerda al cuello, declarando en su momento a las autoridades que la había cortado para desprenderlo del árbol en el que colgaba, al que ató el otro trozo de cuerda, simulando que había sufrido una brusca caída contra el suelo cuando ya estaba sin vida, poniendo el hecho por ella “fabricado” en conocimiento de la Guardia Civil, que pasó la denuncia preceptiva al Juzgado de Instrucción del Partido.

Como consecuencia de la denuncia la Comisión Judicial se  desplazó en su momento al lugar del suceso, un chalet propiedad de una acaudalada familia catalana en el que se había montado una guardería de perros abandonados, a cuyo cargo y cuidado se había puesto al matrimonio protagonista del relato, unos gallegos de mediana edad, medio pordioseros y alcoholizados, que convivían con la suciedad y los ladridos de no menos de trescientos canes, según hubo ocasión de comprobar por los compañeros en aquella inspección ocular primera.

El reconocimiento del lugar y el examen del cadáver (con un pedazo de cuerda anudada al cuello y otro sujeto a la rama del árbol) por el Médico Forense y por el Juez de Instrucción, fueron tan determinantes que, sin más averiguaciones (no existía policía científica ni otro cuerpo de seguridad que la Guardia Civil Rural) el dictamen no podía ser otro que la muerte había sido causada por asfixia por ahorcamiento de origen suicida.

Tras una autopsia tal vez no demasiado detallada (por la impresión causada por el montaje de la escena del crimen) el cadáver fue inhumado en el minúsculo cementerio adosado a la iglesia del pueblo y el sumario incoado, rutinariamente archivado sin más trámites por la inexistencia de delito, ya que el suicidio no lo era, siendo únicamente punible la inducción o el auxilio al suicida, que en ningún momento se contempló.

La narración-acusación formulada por persona tan seria como lo era el alcalde Sr. Leiro no podía caer en saco roto; informé telefónicamente al Fiscal de la Audiencia de Barcelona y al Juez de Instrucción del partido , que se había ido a Valencia a pasar el fin de año con sus familiares y se decidió que para averiguar si la mujer había dicho o no la verdad en aquellas confesiones públicas cuando se hallaba bajo los efectos de los efluvios alcohólicos debía, en primer lugar, exhumarse rápidamente el cadáver, realizársele una segunda autopsia tras la que se adoptarían las diligencias oportunas. A todo esto nos encontramos que ya eran casi las tres de la tarde, que las horas de luz eran ya escasas en la estación invernal en la que nos encontrábamos y que el cementerio donde estaba enterrado el cadáver carecía de luz eléctrica.

Y allí nos fuimos este narrador como Fedatario público, el Agente del Juzgado, el Fiscal, el Médico Forense titular Dr. Fuentes, al que le ayudaría, el Dr. Cerdá., médico de asistencia pública domiciliaria de Las Franquesas del Vallés, que también ostentaba el cargo de Forense sustituto, y el alcalde del pueblo, que realizaba labores de cicerone y de introductor ante el cura párroco que es quien mandaba en aquel cementerio.

Avisados un par de obreros municipales, empezaron a cavar en el suelo, en el lugar donde se hallaba la tumba del presunto asesinado. La tarde-noche, fría, desapacible, se iba convirtiendo en lúgubre al sonido de los golpes de las azadas y palas, extendiéndose por el reducido recinto un olor a tierra húmeda y profanada, alumbrada por las linternas de los guardias civiles que nos acompañaban. Todos nuestros sentidos se hallaban en alerta, excitados ante cada una de las paladas que, poco a poco, fueron descubriendo un ataúd, arcón que al fin pudo ser izado del agujero y puesto en el suelo. Al abrirlo y enfocarlo con la luz de las lámparas pudimos ver que allí estaba el cadáver de aquel presunto suicida, sin signo alguno de putrefacción (seguramente el frio y seco clima del lugar lo había preservado) que los mismos obreros transportaron hasta una caseta que hacía las veces de depósito de cadáveres en la que, por todo mobiliario, había una mesa rectangular sobre la que se depositó el cuerpo. Claro que como la caseta carecía de electricidad y se había hecho prácticamente de noche, la oscuridad pasaba a ser protagonista del momento. El párroco, a petición del alcalde, sacó desde la iglesia un largo cordón eléctrico en cuyo extremo había una bombilla y con ese artilugio, sostenido sobre el cadáver, empezaron los Forenses a practicar la autopsia, tras desnudarlo de la ropa que llevaba.

Si la escena era merecedora de la más espantosa película de terror, el comportamiento de los médicos (sobre todo el sustituto Dr. Cerdá) es digno de un amplio análisis del comportamiento de los seres humanos ante la muerte del prójimo, cuando esos seres, por su profesión, se hallan insensibilizados por todo tipo de situaciones, por escatológicas que estas sean. El Dr. Cerdá, hombre de unos 60 años, solterón, desaliñado en su vestir y siempre con manchas de todos los colores y procedencias en el traje gris que habitualmente vestía, era un fumador empedernido, de tal forma que en esas maniobras de la autopsia llevaba constantemente un cigarro encendido en la boca. Cuando su compañero, el Dr. Fuentes le decía: Dr. Cerdá., haga el favor de estirar del brazo derecho al cadáver o del izquierdo o cualquier otra maniobra para la que necesitara ambas manos, el Dr. Cerdá sin mediar palabra, con la mayor parsimonia, sacaba el cigarro de la boca y lo ponía sobre  el cuerpo desnudo del cadáver (¡¡a modo de cenicero!!) y tras efectuar el estiramiento o maniobra requeridos volvía a recoger el cigarro del improvisado cenicero y continuaba fumándolo. Esos actos (dejar el cigarro encendido sobre el cadáver y volver a cogerlo) se repitieron varias veces a lo largo de aquel par de horas que duró toda la operación y he de reconocer que nunca he vuelto a conocer a nadie con menos escrúpulos o ascos para con los cadáveres que el Dr. Cerdá al que, a mi juicio, le sobraba el acento.

La autopsia demostró que no te debes fiar de una primera impresión sacada de la observación del lugar del suceso, por muy clara que parezca. Si aquel cuerpo, como dijo su esposa en un primer momento, pendía colgado de un árbol y ella cortó la cuerda con lo que provocó su caída brusca, tenía que haberse producido lesiones (erosiones hematomas e incluso fracturas) en las extremidades, la cabeza, etc., al chocar contra el suelo, y el cuerpo en cuestión estaba limpio de tales signos. Además, un atento examen de la piel y músculos del cuello puso de relieve que el roce de la cuerda estaba superpuesto a las señales de la correa de cuero con la que previamente había sido estrangulado.

La esposa fue inmediatamente detenida y llevada a la cárcel, y en los primeros días de Enero, cuando la Comisión Judicial, junto con la Guardia Civil, volvió a la casa en la que se había cometido el crimen, para realizar una inspección ocular más minuciosa (era una mañana de Enero en la que nevaba copiosamente) fue imposible penetrar en el recinto pues la jauría canina, sin cuidadores y sin comida desde hacía varios días, eran unas temibles fieras (ya habían devorado a los más débiles) que la guardia civil tuvo que dispersar a tiros para evitar que nos agredieran.

Tiempo después, celebrado el juicio oral en la Audiencia de Barcelona, la esposa fue condenada por la muerte del marido (entonces tipificado como delito de parricidio) a veinte años y un día de reclusión mayor.

Las tétricas horas en el cementerio de Tagamanent tuvieron un efecto colateral lamentable: Con los obreros del Ayuntamiento acudió al recinto el Secretario de la Corporación municipal que se quedó de “mirón”. La impresión que le causó todo aquello debió ser tan fuerte que llegado a su domicilio tuvo que encamarse y falleció horas después según nos hizo saber un hijo suyo que pasó por el Juzgado de 1ª Instancia e Instrucción para que se tramitara la documentación pertinente por la muerte de su padre que se pretendía, en un principio, que podía deberse a “accidente laboral” pues en su cooperación para la exhumación y demás macabras maniobras es cuando le había sobrevenido el infarto que acabó con su vida.

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