S.O.S

Autor: Francisco Raúl

Si encontráis este pergamino debo estar muerto, o lo que es peor, empalizado junto a otros miles, los últimos humanos sobre la tierra. No es el término preciso apelar a humanidad, más voy a mantenerlo para diferenciarlo de lo otro, lo inimaginable, lo horrible y diabólico. Por favor, si queda un solo vestigio de individuo, rescatadnos en la Isla de las flores. Este es un desesperado S.O.S.

No puedo condolerme ni pedir clemencia, Soy el responsable directo del ensayo que desembocó en voraz apetito por la sangre. Lo hice por una causa egoísta y ahora lo estamos pagando caro. La obsesión por la inmortalidad y el lucro acompañante trasmutó en el peor caos, la más cruel bestialidad. Transformé una raza en feroces y modernos caníbales sedientos.

Al inicio del desconcierto, tanto mi ayudante Jonás como yo creímos poder controlar el experimento para la inmortalidad, pero no fue más que eso, un sueño. Sucede con los carnívoros; por muchos vegetales, una vez probada la carne cruda invade la locura. El raciocinio se apagó como candil, dando paso al más básico de nuestros instintos. Logré matar al primer espécimen y entonces fue peor.

No encuentro explicación para lo que hice mal, pero la mezcla de eritrocitos, leucocitos y plaquetas, lejos de permanecer inermes ante el suero producido por mí, explotaban con tal fuerza que mataba al cerebro, despertando a una especie de robot sanguinario… en un inicio.

La población de bestias creció de manera tan alarmante que trasladamos los laboratorios a la Isla de las flores. Nos percatamos de la aversión de los seres por el agua y, cortando todo vestigio con la ciudad, nos dirigimos al desolado islote.

Jonás cayó al mar y no lo vi más.

Primero dejó de funcionar la televisión, luego la radio, luego silencio absoluto. Los primeros gritos en la orilla costera anunciaron el fin. Por suerte eran solamente cuerpos sin inteligencia en busca de alimento… hasta que el preciado líquido comenzó a escasear.

La necesidad es la madre de las ideas e incluye a todas las razas y credos. Me percaté de los primeros razonamientos en seres supuestamente idiotas al contemplar estupefacto una hoguera, luego el sonido de una sierra, más adelante el ronroneo de un motor de combustión y por último la radio comenzó a funcionar.

  Dr. no vamos a comerlos. Solo dennos un poco de su sangre de vez en vez. Tienen una semana para pensarlo.

Nos atraparon luego de negarnos a ser usados como base para sanguijuelas. Debimos suicidarnos.

Lejos de arrancarnos las vísceras a mordidas y deleitarse con nuestra savia, nos mantuvieron vivos en plan sembradío. De eso hace seis meses. El laboratorio retornó a una frenética actividad, esta vez dirigido por monstruos.

No me queda mucho. Estoy lleno de agujeros cubierto por enormes agujas y camino casi a rastras. No tengo fuerzas ni para redactar esta súplica de auxilio. Qué dios nos ampare.

 

El hombre terminó de leer el mensaje, lo estrujó y arrojó al fuego. Escrito con sangre en un trozo de tela y hallado dentro de una probeta, era el único testimonio humano sobre el holocausto en el planeta.

Suspiró y observó al militar a su diestra. De no ser por el inusual enrojecimiento en el iris, podía pasar por un sujeto común.

        No tenemos alternativa. Extráiganle las últimas gotas y arrójenlo al incinerador. Es un peligro.

El soldado saludó marcialmente.

          A la orden, doctor Jonás.

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